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viernes, 28 de agosto de 2026

LA DANZA EN EL PSICOANÁLISIS

Por: Jairo Báez & Rosendo Rodríguez

Nos preguntamos: ¿Qué es la danza? Y a partir del interrogatorio que formulamos a los textos freudianos logramos aproximarnos en una medida no desdeñable a dilucidar esta cuestión.

El primer paso es la ubicación de la danza como medio que proporciona la tan anhelada felicidad al individuo. Esta felicidad, la veía Freud, como la meta última de la vida, a la cual se consagran las acciones que el hombre emprende. Seguidamente, al cuestionamiento sobre la felicidad, nos encontramos con que ésta remite al goce de la belleza, la cual despierta emociones embriagadoras que indemnizan al sujeto, del sufrimiento que produce la culturización. No acertamos a definir la belleza pero queda sentado que deriva del terreno de las mociones sexuales coartadas en su fin. También encontramos que la felicidad se puede obtener a través de una satisfacción directa, por medio de las relaciones sexuales genitales, lo cual, indudablemente, no es el caso para la danza. A cambio concluimos que la danza proporciona felicidad a través de la belleza, y más exactamente, por medio de una moción de meta inhibida. Encontramos el lugar de la danza en la cultura respondiendo a los intereses de dos tendencias; por un lado, el anhelo de satisfacción sexual del sujeto y por el otro, el interés por mantenerse dentro de la cultura, la cual reposa sobre represiones que sobre las pulsiones sexuales ejerce. De esta manera la danza pasa a ser un medio de mantenimiento de la cultura que resarce al individuo por su sacrificio pulsional. Luego, indagamos en el ámbito de las pulsiones para dar razón del concepto de pulsión de meta inhibida al que nos remite el significado de felicidad. Dijimos que la pulsión de meta inhibida es un quantum energético cuya descarga procura una satisfacción parcial, dejando un excedente utilizable para el mantenimiento y engrandecimiento de la cultura. La manifestación de una pulsión de meta inhibida entraña algunos procesos que nos esforzamos en describir en torno a la danza. En primer lugar, la energía de las pulsiones elude la represión, al ser la danza aceptada por la cultura, y esta aceptación responde al proceso de sublimación, en virtud del cual la energía pulsional es aprovechada de forma constructiva, en el enaltecimiento del sujeto y el fortalecimiento de la cultura, buscando con ello mejorar las estrategias de superviviencia. La elección por parte del sujeto de un medio como la danza para obtener satisfacción pulsional obedece a la evolución particular que ha tomado su disposición sexual. Siendo la danza, un acto que, en la mayor de las veces, involucra un espectador, nos vimos forzados a hablar de la dinámica que subyace a este fenómeno. Revisamos los destinos de las mociones pulsionales encontrando que en la danza, los implicados, experimentan la satisfacción mediante la posición activa y pasiva en forma simultánea, dada la propiedad que tienen las pulsiones de trastornarse hacia lo contrario y volverse hacia la misma persona. De aquí, vislumbramos cómo el espectador obtiene una satisfacción pulsional derivada de la contemplación en la ejecución; mientras que el danzante obtenía placer al ser contemplado. No siendo suficiente esta explicación para justificar la posición del espectador y la actividad del danzante, la identificación permitió inteligir el mecanismo por medio del cual el espectador se apropia de las acciones del danzante, obteniendo de esta manera las mismas satisfacciones.




Tomado: Báez, J; Rodríguez, R. La danza: una mirada desde el psicoanálisis. Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Psicología. 1992.

viernes, 31 de julio de 2015

EL PRINCIPIO POLÍTICO ES HABLAR

Por: Jairo Báez

A propósito del artículo de Jacques Alain Miller, intitulado Anguila,[1] la pregunta se reaviva: ¿se puede pensar un mundo de seres hablantes, diferentes cada uno, que puedan hacer lazo social? La pregunta tiene una respuesta afirmativa, pero ha de pasar por la insistencia de diferenciar la administración pública de lo que es la política, aun y si después podamos encontrar los puntos que las puedan relacionar. El mismo Miller recuerda que Lacan, estuvo siempre atento a denunciar las imposibilidades que subyacen a las utopías políticas; no obstante, ello conlleva a la concepción misma que mostraba Lacan de homologar administración pública con la política. Dato que se concibe no importante por la diferencia o unidad que pueda existir entre estas, sino en la obstinación de asumir que las propuestas políticas surgen de la conciencia y la razón de un ser volitivo y nunca del inconsciente, como ha sido la enseñanza misma del psicoanálisis. Parodiando la sentencia aquella endosada a Locke, no existe nada en el pensamiento que antes no haya pasado por los sentidos, se puede afirmar, si se es congruente con el psicoanálisis, que no existe nada en la conciencia que antes no haya pasado por el inconsciente. Por tanto no se podría hablar de una política que no emerja del inconsciente mismo.

Lacan, que fue meticuloso en esto de ver la fuerza del inconsciente en la creación humana, ha debido ser consecuente  y de allí que se deba un detenimiento más preciso en torno a cuál era la desconfianza que manifestaba y por qué Lacan no enunció claramente que del inconsciente nace la política. Si lo que impedía a Lacan, manifestar su entusiasmo por las propuestas para administrar la Ciudad, (Estado), era el convencimiento de que todas apuntan y han apuntado a la identificación e identidad de una masa de seres hablantes bajo un proyecto razonado de administración de los recursos para dar lugar a un mundo mejor y feliz para todos, justificados serían sus enunciados en contra, pues la lógica del ser hablante que descubre el psicoanálisis es otra: donde la felicidad es narcisista y los otros seres hablantes se tornan en objetos de pulsión, a los cuales se les debe aprovechar como plus de goce. En esta lógica, el ser hablante es capitalista por antonomasia y su proceder inconsciente promueve la capitalización de la pulsión.

Entre Adams Smith y Sigmund Freud, se puede sincretizar el ser hablante único que permitiría pensar la política: un ser hablante dado a obtener el mayor lucro de los objetos a su disposición pulsional. En esta dinámica, donde un ser hablante es objeto para otro, es donde se podría pensar una política de la diferencia y no de la identidad. No obstante, queda por ver, hasta dónde es posible abolir todo acto de identificación, para proceder a concebir un lazo social entre dos o más depredadores capitalistas; pues si bien es cierto que el acto analítico busca la caída de las identificaciones impuestas, esto no es garante de la existencia de un ser hablante sin identificaciones, ¿cómo se podría concebir un ser hablante sin identificaciones? Y si no es posible concebirlo ¿sea mejor asumir que en el acto analítico, lo que permite es una responsabilidad subjetiva sobre las identificaciones y no la ausencia de las mismas?

Así, el psicoanálisis tomado como el reverso de la política habría que matizarlo, pues la caída de las identificaciones, el supuesto vacío, termina siendo llenado con algo, y ese algo necesariamente son identificaciones otras o tal vez, algunas de aquellas que caen en determinado momento del proceso analítico, vuelven a recogerse. En consecuencia, el uno a uno, de todo análisis, tendría fundamentalmente la misión de  responsabilizar de las identificaciones dentro de los lastres que marca el inconsciente, la pulsión, la compulsión a la repetición y la transferencia; por ello practicable una política compatible con los mandatos del descubrimiento psicoanalítico, que no busque identidades sino identificaciones responsables; y en la misma línea, rescatar de Lacan, lo que Miller denuncia: El inconsciente es la política.

En esta línea, comprensible es que no hay nada más social que la psicología individual; pero ya no se trataría de  educar ni formar para una política sino de hablar para asumir la política; el lenguaje, en tanto garante del lazo social, permitiría la negociación entre el sujeto y el Otro (simbolización); con sus marcadas diferencias con la sumisión o imposición al Otro, donde el auténtico acto de la simbolización estaría proscrito o se mostraría precario y se exacerbaría el imaginario, que permite y perdura el engaño idílico de la felicidad anhelada. Lo que sale a la luz, desde el ser hablante que configura el psicoanálisis, es que no se ha sido lo suficientemente capitalista para entrar en las lides de la política pública; o, si es imposible dejar de serlo, no se ha articulado por parte del ciudadano para su ejercicio público. Es de preguntarnos si así como muchos han logrado lo mismo que se logra en el acto psicoanalítico sin pasar por este, para su utilización en otros campos (Joyce por ejemplo), así existan conspicuos administradores públicos (llamados políticos) que lograron sacar provecho para sus saber-hacer y que sea esto lo que los pone en un lugar diferente. ¿Serán estos seres adelantados en la política del inconsciente?; ¿qué pasaría si todos actuaran como ellos, sean ya por su paso por el acto analítico o por otros medios que lleven al mismo encuentro?



[1] Miller, Jacques Alain. Anguila. Publicado en Pagina12, Abril 26 de 2012. Disponible en Internet http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-192679-2012-04-26.html