Por: Jairo Báez
El deseo es algo inalcanzable con palabras; toda palabra, por más que se busque exacta para trasmitirlo, se quedará corta. El deseo se engancha con elementos del presente; pero, estos jamás podrán dar con la copia precisa para satisfacer lo reprimido.
Ese instante, que fue relegado al inconsciente por su imposibilidad de realizarse, estará presente en cada uno de los actos sucesivos, con toda la fuerza que le fue impresa de antaño; no obstante, con la imposibilidad de conquistar la conciencia. Todo: los olores, las texturas; todo lo que marcó el encuentro mismo con el imposible, estará presente en todos los futuros actos. La pregunta por el azar del futuro se responde desde la exactitud del pasado. Nadie puede escapar a sus represiones; todos los encuentros que tenga el sujeto en su transcurrir vital, van a estar marcados por ese deseo que se encargará de llevarlo por un proyecto de vida. Desde el siempre inconsciente, nadie vivirá su proyecto, sino el proyecto de vida que le corresponde vivir desde el deseo.
La lucha entre un deber ser y el ser, entre el pasado y el presente, el inconsciente y el consciente, lo lícito y lo ilícito, van a encontrar la posibilidad de concertar, merced a las posibilidades que permiten las pulsiones. El acto sublimatorio, coartar la pulsión, satisfacerla medianamente y a cada instante, dándole el cariz estético, se patenta en estos fragmentos literarios, que remiten a los más recónditos deseos, que por siempre se mantendrán aplazados, nunca serán totalmente dichos, pero aseguran el camino a los mismos. En los fragmentos hay mucho de impúdico e inaceptable, remitiendo a esas represiones de los actos naturales dónde se esconde el máximo placer, según nos lo refiere el psicoanálisis; remisión a la muerte y la agresión, a lo no permitido por las sanas costumbres, a la trasgresión de la norma.
Los fragmentos literarios están cargados de esos elementos edípicos insoslayables: de una madre pura, en tanto portadora del falo, pero, a su vez, única capaz de despertar los más profundos deseos de voluptuosidad. La represión se ha encargado de jugar su juego: la mantiene siempre presente en el inconsciente aunque la esconde siempre a la presión de la conciencia. ¿Quién más, si no la más cercana, en la historia de la formación sexual, será capaz de despertar tanto sensualismo? De nuevo se repite la doble dimensión de la renuncia y la posesión, la castración y la renegación. No solamente la mujer tiene que aceptar su castración y renegarla; el hombre, igualmente, es castrado en la medida que se castra la madre. El hombre, a su manera, encuentra formas de resarcir la pérdida. Se renuncia a ser el ombligo del mundo y se consuela con la posibilidad de alguna vez volverlo a ser.
Con la resolución del Edipo, la madre quedará por siempre escindida en el psiquismo del castrado: la madre dueña de las pasiones que permanecerá en el inconsciente y la madre pura que no abandonará jamás la consciencia. Por cierto, el adagio popular que refiere que ¨madre solo hay una¨ tendría que revaluarse de acuerdo a la lectura que hace el psicoanálisis. Estos fragmentos compaginan mucho con la cotidianidad del hombre que hasta hace muy poco siempre tuvo dos mujeres en su psíquismo: la madre de sus hijos, la esposa, la pura y santa, bondadosa y hacendosa… y la prostituta, la amante, la pasional, aquella con la que se puede llevar al extremo las concupiscencias: la escondida, la innombrable. Extrañamente y maliciosamente, el pensar del hombre y los fragmentos literarios ponen en evidencia la fragilidad de la masculinidad: los hijos se tienen con la madre y no con la mujer.
“Pensaba en pinturas antiguas que viera en los museos sin haber comprendido mucho. (...) Esperaba algo sorprendente, que aún no había acaecido, un espectáculo terrible, del que no era capaz de imaginar nada, algo de una sensualidad tremenda, animal, que debía cogerlo como con zarpas y desgarrarlo, una experiencia que, de alguna manera todavía no clara, relacionaba con las sucias batas de las mujeres, con sus toscas manos, con la vulgaridad de sus dormitorios, con... la suciedad de las inmundicias de los patios y corrales. Las palabras no podían expresarlo. No es lo que las palabras pueden decir; se trata de algo mudo..., una estrangulación del cuello, un pensamiento que apenas se insinúa cuando uno trata de decirlo con palabras, pero que entonces se aleja más todavía, algo parecido a lo que sucede con las ampliaciones. De todos modos, era algo como para avergonzarse”. (Musil, pág. 22).
“En medio de mi confusión me invadió una sofocante ola de miedo 'demasiado tarde para llegar a la sinagoga' y aún antes de que decreciera, incluso en el mismo instante, una segunda de absoluta falta de conciencia 'sea como sea, a mí no me concierne'. Y ambas olas se golpearon incontenibles en la primera gran sensación de placer, en la que se mezclaban la profanación de la fiesta, con lo que de alcahueta tenía la calle, que me hizo presumir, por vez primera, los servicios que debería prestar a los instintos que acababan de despertarse”. (Benjamin, pág. 68).
“Lo que ante todo le había deslumbrado era la desnudez de aquel esbelto cuerpo de adolescente. Törless había tenido la impresión de hallarse frente a una muchachita aún muy joven, en la que todavía no se hubieran desarrollado las formas del sexo. Había sido como un avasallamiento, como un ataque por sorpresa. Y la pureza que en última instancia había en ese estado era lo que animaba aquellas relaciones con un sentimiento maravillosamente nuevo, inquieto. Todo lo demás contaba poco. Lo otro, el deseo, hacía ya mucho que estaba presente. Lo estaba en casa de Bozena y aún mucho antes. Era la misteriosa y melancólica voluptuosidad sin objeto, que no se refería a nadie (…) Aquello le había abierto de golpe una puerta a la vida”. (Musil, pág 164).
“Pero ya en aquella época, cuando mi madre me regañaba por mi hosquedad y mi modo de andar soñoliento, sentí la posibilidad confusa de librarme más tarde de su dominio, en unión de estas calles, en las que aparentemente no me orientaba. En todo caso, no cabe duda de que la sensación - engañosa, por desgracia- de abandonarla a ella, a su clase y a la mía, era la causa del impulso sin igual de dirigirme a una prostituta en plena calle”. (Benjamin, pág. 147).
“ (...) ¿por qué no surgía un abismo que mostrara que nada en común había en una y otra? Esa mujer es para mí una maraña de todas las concupiscencias sexuales, y mi madre una criatura que hasta ahora pasó por mi vida sin nubes, inaccesible, clara y sin sombras, como un astro que está más allá de toda codicia. (...) Con los ojos, Törless se impregnaba de la imagen de Bozena y mientras tanto no podía olvidar a su madre. A través de él, las dos estaban de alguna manera relacionadas. Pero como los afanes por quitarse aquello de encima eran vanos, la relación fue cobrando una terrible, imprecisa significación, que acompañaba todos sus esfuerzos como una pérfida sonrisa”. (Musil, pág. 45).
“Cuando hubo dejado atrás los acontecimientos de su adolescencia, Törless se convirtió en un muchacho de espíritu refinado y sensible. Entonces fue uno de esos seres de naturaleza estético-intelectual, a los cuales, la observancia de la ley, e incluso, en cierta medida, de la moralidad pública, ofrece tranquilidad y serenidad, pues así se ahorran el tener que reflexionar sobre cosas groseras y sobre todo lo que se halle lejos de los estados espirituales más exquisitos”. (Musil, pág. 167).
Referencias:
Benjamín, W. (1992). Infancia en Berlín hacia 1900. Barcelona: Círculo de Lectores.
Musil, R. (1984). Las tribulaciones del estudiante Törless. Barcelona: Seix-Barral.




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