viernes, 31 de julio de 2015

EL PRINCIPIO POLÍTICO ES HABLAR

Por: Jairo Báez

A propósito del artículo de Jacques Alain Miller, intitulado Anguila,[1] la pregunta se reaviva: ¿se puede pensar un mundo de seres hablantes, diferentes cada uno, que puedan hacer lazo social? La pregunta tiene una respuesta afirmativa, pero ha de pasar por la insistencia de diferenciar la administración pública de lo que es la política, aun y si después podamos encontrar los puntos que las puedan relacionar. El mismo Miller recuerda que Lacan, estuvo siempre atento a denunciar las imposibilidades que subyacen a las utopías políticas; no obstante, ello conlleva a la concepción misma que mostraba Lacan de homologar administración pública con la política. Dato que se concibe no importante por la diferencia o unidad que pueda existir entre estas, sino en la obstinación de asumir que las propuestas políticas surgen de la conciencia y la razón de un ser volitivo y nunca del inconsciente, como ha sido la enseñanza misma del psicoanálisis. Parodiando la sentencia aquella endosada a Locke, no existe nada en el pensamiento que antes no haya pasado por los sentidos, se puede afirmar, si se es congruente con el psicoanálisis, que no existe nada en la conciencia que antes no haya pasado por el inconsciente. Por tanto no se podría hablar de una política que no emerja del inconsciente mismo.

Lacan, que fue meticuloso en esto de ver la fuerza del inconsciente en la creación humana, ha debido ser consecuente  y de allí que se deba un detenimiento más preciso en torno a cuál era la desconfianza que manifestaba y por qué Lacan no enunció claramente que del inconsciente nace la política. Si lo que impedía a Lacan, manifestar su entusiasmo por las propuestas para administrar la Ciudad, (Estado), era el convencimiento de que todas apuntan y han apuntado a la identificación e identidad de una masa de seres hablantes bajo un proyecto razonado de administración de los recursos para dar lugar a un mundo mejor y feliz para todos, justificados serían sus enunciados en contra, pues la lógica del ser hablante que descubre el psicoanálisis es otra: donde la felicidad es narcisista y los otros seres hablantes se tornan en objetos de pulsión, a los cuales se les debe aprovechar como plus de goce. En esta lógica, el ser hablante es capitalista por antonomasia y su proceder inconsciente promueve la capitalización de la pulsión.

Entre Adams Smith y Sigmund Freud, se puede sincretizar el ser hablante único que permitiría pensar la política: un ser hablante dado a obtener el mayor lucro de los objetos a su disposición pulsional. En esta dinámica, donde un ser hablante es objeto para otro, es donde se podría pensar una política de la diferencia y no de la identidad. No obstante, queda por ver, hasta dónde es posible abolir todo acto de identificación, para proceder a concebir un lazo social entre dos o más depredadores capitalistas; pues si bien es cierto que el acto analítico busca la caída de las identificaciones impuestas, esto no es garante de la existencia de un ser hablante sin identificaciones, ¿cómo se podría concebir un ser hablante sin identificaciones? Y si no es posible concebirlo ¿sea mejor asumir que en el acto analítico, lo que permite es una responsabilidad subjetiva sobre las identificaciones y no la ausencia de las mismas?

Así, el psicoanálisis tomado como el reverso de la política habría que matizarlo, pues la caída de las identificaciones, el supuesto vacío, termina siendo llenado con algo, y ese algo necesariamente son identificaciones otras o tal vez, algunas de aquellas que caen en determinado momento del proceso analítico, vuelven a recogerse. En consecuencia, el uno a uno, de todo análisis, tendría fundamentalmente la misión de  responsabilizar de las identificaciones dentro de los lastres que marca el inconsciente, la pulsión, la compulsión a la repetición y la transferencia; por ello practicable una política compatible con los mandatos del descubrimiento psicoanalítico, que no busque identidades sino identificaciones responsables; y en la misma línea, rescatar de Lacan, lo que Miller denuncia: El inconsciente es la política.

En esta línea, comprensible es que no hay nada más social que la psicología individual; pero ya no se trataría de  educar ni formar para una política sino de hablar para asumir la política; el lenguaje, en tanto garante del lazo social, permitiría la negociación entre el sujeto y el Otro (simbolización); con sus marcadas diferencias con la sumisión o imposición al Otro, donde el auténtico acto de la simbolización estaría proscrito o se mostraría precario y se exacerbaría el imaginario, que permite y perdura el engaño idílico de la felicidad anhelada. Lo que sale a la luz, desde el ser hablante que configura el psicoanálisis, es que no se ha sido lo suficientemente capitalista para entrar en las lides de la política pública; o, si es imposible dejar de serlo, no se ha articulado por parte del ciudadano para su ejercicio público. Es de preguntarnos si así como muchos han logrado lo mismo que se logra en el acto psicoanalítico sin pasar por este, para su utilización en otros campos (Joyce por ejemplo), así existan conspicuos administradores públicos (llamados políticos) que lograron sacar provecho para sus saber-hacer y que sea esto lo que los pone en un lugar diferente. ¿Serán estos seres adelantados en la política del inconsciente?; ¿qué pasaría si todos actuaran como ellos, sean ya por su paso por el acto analítico o por otros medios que lleven al mismo encuentro?



[1] Miller, Jacques Alain. Anguila. Publicado en Pagina12, Abril 26 de 2012. Disponible en Internet http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-192679-2012-04-26.html

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