lunes, 23 de noviembre de 2015

MUERTE, CLÍNICA Y SUBVERSIÓN DEL SUJETO EN EL VIII ENCUENTRO DE SEMILLEROS DESDE EL PSICOANÁLISIS

Por: David Parada Morales

          
Pues no basta decidirlo por su efecto: la Muerte.
Se trata además de saber qué muerte, la que la vida lleva o la que lleva a ésta.”
 (Lacan; 1960)

Más que hacer una reseña sobre lo que sucedió en este encuentro que tuvo lugar en Villavicencio,  lo que intento es aproximarme por vías del discurso puesto en juego allí, a lo que he intentado denominar dentro del grupo Psicosis y Psicoanálisis como el encuentro con el significante. Tal Tyche, aún, a mi manera de ver, parece ser el efecto de todo este automatón que gira entorno a estudiantes y profesores que quieren decir y aproximarse a lo indecible. Si bien en la experiencia cotidiana apreciamos el saber del extranjero, del colono que nos dio espejos para condenarnos a la captura imaginaria de lo que no es, de ese yo que busca siempre a su prójimo para reconocerse en él y poder así huir al encuentro de su real y su verdad, también es cierto que uno mismo lo llega hacer porque se siente extranjero a eso que el Otro me dice que soy. A pesar de los esfuerzos de las comunidades indígenas por recuperar la identidad, hay otra identidad que no emerge allí y que se asemeja más a un espantapájaros vestido con traje Wayuu y converse.  Lo que  reflejó ese espejo que los españoles nos dieron fue una magia oscura que me recuerda algunas experiencias del  bebé autista en relación con su madre, una de ellas decía a propósito de su hijo “Él me miraba, pero a los seis meses él desvió sus ojos y los dirigió a otra parte”, el niño no quiso reflejarse allí, haciendo honor al título del libro de  Donna Williams ¡Aquí no hay nadie! una autista que dice desde su experiencia haber podido salir del mutismo y escribir lo que ella creía que era. Si pudiera suponer  que en este país ¡no hay nadie!, diría que el encuentro desde el psicoanálisis es una forma de bordear ese vacío, aquel que leí en el seminario VII de Lacan y que pone en el lugar de la Cosa, de Das Ding; dice allí   que la religión respeta ese Das ding, la ciencia lo forcluye y el arte lo organiza. También Lacan  formula en este seminario  la definición de sublimación como  Elevar un objeto a la dignidad de la Cosa.

Con lo anterior quiero decir que en el encuentro una de estas tres posturas frente a la Cosa estaba presente, la que forcluye, pero en el sentido de su tratamiento, es decir partiendo de la idea del delirio y la psicosis como un intento de curación. Me pregunto si lo que el encuentro produjo fue un trato a esa que Lacan diría entonces es “La Loca Ciencia” y que siendo sus secretarios,  es a esa psicótica a la que el grupo apunta para dirigirle un tratamiento, por eso  algunos compañeros del grupo y los que apostaron por decir lo que querían,  ahondaron en temas que los concernían como sujetos, podría pensarse sujetos de una ciencia que los inscribe en un Otro llamado Universidad; inevitable entonces no aproximarse a ella con temas como: la producción en Colombia, la clínica como un concepto a reevaluar, el suicidio en los indígenas, el lugar de los niños en el conflicto armado, el asunto de qué es la realidad en un contexto colombiano, la ley y el deseo en la infancia y sí allí podría haber leyes de otro orden no necesariamente jurídicas; también el lugar de la poesía como medio de posicionarse en un vivir colombiano, de ahí que canciones como “ Llamarada” de Jorge Villamil lograra poner a una ponente en el cuestionamiento del olvido y la me-moría. ¿Por qué no cuestionar a Freud desde la docta ignorancia?  siendo importante para algún ponente dirigirse a Don Freud preguntando por una historia de vida con la que se  refunfuña y se  intenta reconciliar. Desde Popayán se esperó la palabra de ese germen ya incrustado allí llamado psicoanálisis, siendo un caso sobre el duelo en transferencia lo que diera lugar a repensar prácticas psicológicas.

Sólo una asociación libre tengo en el momento: La ciencia es la psicótica que nos puso a hablar en aquel encuentro con los significantes que gravitan entorno al discurso académico, falto del significante nombre del padre, pero con una bocanada de palabras por estructurar como suplencias a la falla que allí se instaló en la razón. Pero además, percibí un intento porque esta suplencia sea obra y se convierta en ese objeto de la psicosis elevado a la dignidad de la Cosa, por eso  me parece importante destacar el campo de la belleza y su otra cara la fealdad, mostrar aquellas marcas sobre el cuerpo que producen otra consistencia imaginaria del sujeto en el tatuaje, o jugar con Cervantes y la literatura para dar vida  a retazos que unidos como collage, producen otra obra de teatro que quizá sea la búsqueda por la tragedia de la psicosis, así como Edipo  fue para la neurosis.

Posiblemente estas ideas no tengan nada que ver con lo que realmente cada ponente se planteó como objetivo de su ponencia, pero, fueron los  restos que quedaron en mí y los intento atar como significantes en este escrito. Lo que intento es escuchar a una pintura que va tomando la forma de una palabra por decir, de un significante que haga función de corte entre el sujeto y el objeto. En ese sentido escucho a los ponentes en calidad de sujetos, que se encuentran en un encuentro (Tyche), y que en su núcleo tiene por una de sus caras el  rostro de un cadáver; digo cadáver porque no es la calavera de Holbein que Lacan rescata del cuadro Los Embajadores para dar lugar al objeto mirada lo que me evoca el encuentro desde el psicoanálisis, sino algo con carne aún, en descomposición, que en su gesto tiene una apuesta por devolver al sujeto lo que dice del crimen que cometió sobre ese cuerpo, el suyo. La mortificación del significante en la realidad colombiana continúa su curso, no sé si en espejo o en la sombra, pero parece que aún damos pataditas de ahogado cuando se intenta poner en acto lo que se piensa desde lo inconsciente, dependerá de cada uno quedarse con la estructura ósea del cadáver que somos o con la nada que queda cuando el cuerpo se hace polvo y revela su vacío.  La subversión del sujeto está pues pasando el espejo de Alicia, en un país lejos de las maravillas, pero cerca de una sociedad enferma del supuesto saber. 

viernes, 21 de agosto de 2015

CONTRAPORTADA DEL LIBRO ¨CURA¨

Por: Emilio Meluk

La vida discurre entre triunfos y derrotas, amores y odios, fantasías y realidades, pero en el centro de esa dialéctica infernal siempre habrá una columna vertebral y es la esperanza. Sin ella el triunfo, el amor y la fantasía serían puntos culminantes, metas en sí mismas, más allá de las cuales sería la nada; y sin ella la derrota, el odio y la realidad serían el fin de los tiempos, muerte real. Sin la esperanza la vida no sería más que el “valle de lágrimas de los desterrados hijos de Eva” que pregonaba la imaginería cristiana hasta hace poco. Ese es el marco en el que deambulan los personajes de estas viñetas vívidas de Jairo Báez. Cotidianos, que viven cosas cotidianas y que tienen desenlaces cotidianos, los personajes dejan un sabor real de la Colombia de hoy.

Pero narradas desde el interior de quienes las padecen, las historias de los personajes de Báez adquieren en tinte de drama griego y destino shakesperiano, da la impresión que en cada episodio gravitara sobre ellos la sentencia de un destino al que no valen los esguinces. Se podrá argüir que es la Colombia de los personajes y, obviamente del autor, que se labran un destino laberíntico y de puertas selladas. Aunque, la verdad sea dicha, entre líneas navega siempre la esperanza, no sé de qué, pero allí está, impertérrita, gracias a los personajes y el autor, o a pesar de ellos. Digo que está entre líneas, porque los personajes no pretenden dar soluciones, sólo  hacen cosas en pro del triunfo, el amor y la fantasía; y además, es algo que tampoco está en el horizonte del autor, afortunadamente, porque de intentarlo mataría la esperanza.



viernes, 31 de julio de 2015

EL PRINCIPIO POLÍTICO ES HABLAR

Por: Jairo Báez

A propósito del artículo de Jacques Alain Miller, intitulado Anguila,[1] la pregunta se reaviva: ¿se puede pensar un mundo de seres hablantes, diferentes cada uno, que puedan hacer lazo social? La pregunta tiene una respuesta afirmativa, pero ha de pasar por la insistencia de diferenciar la administración pública de lo que es la política, aun y si después podamos encontrar los puntos que las puedan relacionar. El mismo Miller recuerda que Lacan, estuvo siempre atento a denunciar las imposibilidades que subyacen a las utopías políticas; no obstante, ello conlleva a la concepción misma que mostraba Lacan de homologar administración pública con la política. Dato que se concibe no importante por la diferencia o unidad que pueda existir entre estas, sino en la obstinación de asumir que las propuestas políticas surgen de la conciencia y la razón de un ser volitivo y nunca del inconsciente, como ha sido la enseñanza misma del psicoanálisis. Parodiando la sentencia aquella endosada a Locke, no existe nada en el pensamiento que antes no haya pasado por los sentidos, se puede afirmar, si se es congruente con el psicoanálisis, que no existe nada en la conciencia que antes no haya pasado por el inconsciente. Por tanto no se podría hablar de una política que no emerja del inconsciente mismo.

Lacan, que fue meticuloso en esto de ver la fuerza del inconsciente en la creación humana, ha debido ser consecuente  y de allí que se deba un detenimiento más preciso en torno a cuál era la desconfianza que manifestaba y por qué Lacan no enunció claramente que del inconsciente nace la política. Si lo que impedía a Lacan, manifestar su entusiasmo por las propuestas para administrar la Ciudad, (Estado), era el convencimiento de que todas apuntan y han apuntado a la identificación e identidad de una masa de seres hablantes bajo un proyecto razonado de administración de los recursos para dar lugar a un mundo mejor y feliz para todos, justificados serían sus enunciados en contra, pues la lógica del ser hablante que descubre el psicoanálisis es otra: donde la felicidad es narcisista y los otros seres hablantes se tornan en objetos de pulsión, a los cuales se les debe aprovechar como plus de goce. En esta lógica, el ser hablante es capitalista por antonomasia y su proceder inconsciente promueve la capitalización de la pulsión.

Entre Adams Smith y Sigmund Freud, se puede sincretizar el ser hablante único que permitiría pensar la política: un ser hablante dado a obtener el mayor lucro de los objetos a su disposición pulsional. En esta dinámica, donde un ser hablante es objeto para otro, es donde se podría pensar una política de la diferencia y no de la identidad. No obstante, queda por ver, hasta dónde es posible abolir todo acto de identificación, para proceder a concebir un lazo social entre dos o más depredadores capitalistas; pues si bien es cierto que el acto analítico busca la caída de las identificaciones impuestas, esto no es garante de la existencia de un ser hablante sin identificaciones, ¿cómo se podría concebir un ser hablante sin identificaciones? Y si no es posible concebirlo ¿sea mejor asumir que en el acto analítico, lo que permite es una responsabilidad subjetiva sobre las identificaciones y no la ausencia de las mismas?

Así, el psicoanálisis tomado como el reverso de la política habría que matizarlo, pues la caída de las identificaciones, el supuesto vacío, termina siendo llenado con algo, y ese algo necesariamente son identificaciones otras o tal vez, algunas de aquellas que caen en determinado momento del proceso analítico, vuelven a recogerse. En consecuencia, el uno a uno, de todo análisis, tendría fundamentalmente la misión de  responsabilizar de las identificaciones dentro de los lastres que marca el inconsciente, la pulsión, la compulsión a la repetición y la transferencia; por ello practicable una política compatible con los mandatos del descubrimiento psicoanalítico, que no busque identidades sino identificaciones responsables; y en la misma línea, rescatar de Lacan, lo que Miller denuncia: El inconsciente es la política.

En esta línea, comprensible es que no hay nada más social que la psicología individual; pero ya no se trataría de  educar ni formar para una política sino de hablar para asumir la política; el lenguaje, en tanto garante del lazo social, permitiría la negociación entre el sujeto y el Otro (simbolización); con sus marcadas diferencias con la sumisión o imposición al Otro, donde el auténtico acto de la simbolización estaría proscrito o se mostraría precario y se exacerbaría el imaginario, que permite y perdura el engaño idílico de la felicidad anhelada. Lo que sale a la luz, desde el ser hablante que configura el psicoanálisis, es que no se ha sido lo suficientemente capitalista para entrar en las lides de la política pública; o, si es imposible dejar de serlo, no se ha articulado por parte del ciudadano para su ejercicio público. Es de preguntarnos si así como muchos han logrado lo mismo que se logra en el acto psicoanalítico sin pasar por este, para su utilización en otros campos (Joyce por ejemplo), así existan conspicuos administradores públicos (llamados políticos) que lograron sacar provecho para sus saber-hacer y que sea esto lo que los pone en un lugar diferente. ¿Serán estos seres adelantados en la política del inconsciente?; ¿qué pasaría si todos actuaran como ellos, sean ya por su paso por el acto analítico o por otros medios que lleven al mismo encuentro?



[1] Miller, Jacques Alain. Anguila. Publicado en Pagina12, Abril 26 de 2012. Disponible en Internet http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-192679-2012-04-26.html

lunes, 19 de enero de 2015

LOS DESAMORES DE LA MUERTE EN TIEMPOS ENLATADOS


Por: David Mira Vergel

El  tránsito hacia la muerte  se firmó  desde que el lenguaje arrancó abruptamente  al  humano del  reino animal,  y ya  nunca jamás habrá algo en el hombre que pueda  pensarse como  utópico; sin  embargo, la producción ofrece  paraísos ,  en donde  sus  ángeles miran  para  otro lado cuando aparecen los infiernos particulares del sujeto agitándose  frente a los  ideales de la época; la obsesión de ser  mejor que el vecino,  de una reputación  respetable,  en donde los  malestares son  amordazados para que nunca griten y el cuerpo sea algo que se pueda exhibir; unido esto , a la fascinación por lo nuevo, y la  insistencia   por   reprimir  el señalamiento de que aunque se tenga todo  resuelto  como ciudadano  y consumidor, siempre  habrá  algo que falta  como sujeto del lenguaje.

Las  velocidades han  cambiado, es eso lo que  denuncian los abuelos,  la nostalgia no es poca  al verse  en el juego de una  época en donde el  mandato  es “Olvida aunque  eso te  insista, olvida aunque  duela,  olvida y ven rápido, que siempre habrá algo nuevo para  disfrutar” , al parecer ya no hay tiempo  para  el duelo  cuando al día siguiente el sujeto ha de levantarse y  elegir un trabajo  que le consuma hasta el tuétano  y en las noches  proclamar  “estoy  muerto”  como un  ruego con el que empieza a dudar si la  vida es lo que él ha creído.

Hay  quienes  se plantean, que  hoy en día ya no pasa  nada , una  queja  que  deja  la molesta  sensación  de  que  la historia ya  está hecha, pero…¿Se puede hablar de una historia cuando el sujeto suele tender a su deconstrucción?   Sobre esto Slavoj Zizek (El desierto de lo real)  señalaría que  “La actividad social  frenética,  oculta  la identidad  básica  del  capitalismo  global, la ausencia  de un acontecimiento”, algo  curioso  en una época en donde  se retuercen  los cuerpos  para sacarles el  jugo de la  belleza  y  en donde el acontecimiento da testimonio de lo real.

Contrario  a  Slavoj  Zizek,  creo que  muchos  acontecimientos nos  asaltan, pero la  indiferencia  ocupa  hoy el  trono  de la inhibición de nuestra  época,  alejando al sujeto  y las comunidades, de actos  plenos  para su  existencia, así pues la cuestión no sería que no esté pasando  nada,  sino que   no queremos que pase nada optando por la quietud, y ante  lo que inevitablemente pasa  quizás no se quiere hacer nada.

La  angustia, acaba siendo  el  resto al final de la  cadena  productiva  y  actúa   como prestamista del deseo, que emerge   con  sus  insólitas  verdades   para  cobrar al sujeto su cobardía  al  haber cedido en su propia  temporalidad, y haber  cedido  su deseo a las temporalidades de la producción;  frente a eso la angustia  exige historias de las que no se puede  escapar

La complicidad entre el amor y la muerte -Los desamores de la muerte.

Nos pasamos  la  vida  amando a un cuerpo,  cuyo destino será el de divino  cadáver,  los  encuentros  entre el  amor  y la  muerte   son  otro  interés  que  surgió, al  hallar  en  estos   territorios  del  sujeto  chispas  que  lo hacen  hablar;  casualmente  el   enamorado y el doliente  son intensos  al hablar como al callar pues  ambos  acontecimientos  tanto el  amor como la  muerte   suelen  ocupar para  el  sujeto  el  lugar  de lo  enigmático  que de alguna  manera  obliga a crear  algo  cuando el  misterio  avasalla los  semblantes.

¿Por qué hablar  de  desamores de la muerte?  Al convocar la  producción  a  los territorios  de  la  muerte,  se ha podido  ver como  esta  ha  sido  enunciada  en términos de   mercado,  y de espectáculos para un noticiero, excluyendo   el componente  espiritual  de la mismidad,  como  una  manera de  crear  alrededor de  estas   historias  en  donde  se  le da  vuelo  a  lo simbólico; con la  entrada del  discurso  productivo la muerte  convertida en  un  servicio    es  un  gran  desamor  al  quedarse en el  terreno de  la calidad , dejando  a un lado el acto de reunirse  y hacer memoria.

La  vida es la amante  del  sujeto,   y en ella  existen algunos  otros que  se han convertido en pedazos de vida,  que entrañan  identificaciones  de las que la pulsión  ha logrado  extraer  algo,  y que cuando  mueren, simplemente   no se van, y la  ausencia  es  ese  testimonio  de que a la pulsión no le gusta  perder,  por eso mismo intentar  borrar la ausencia, o  pasar  rápido  aquella  circunstancia, resulta  infructuoso, pues después de  todo,  contrario  a  la  rapidez de la época cada quien  necesita un momento para llorar, burlarse y hablar sobre sus  muertos,  pues  solo con esto  se  asegura de vivir.

Canticos a una sepultura (El entierro)

A  pesar  de  que un  entierro  puede   ser visto  como  algo  lamentable, no se  puede olvidar  que este también  es una fiesta, de esas que  otro nos  organiza  como el bautizo, los quince años, el matrimonio, etc., que  aunque paradójicamente es una fiesta  para el final  de nuestros  días como  habladores , insiste  en  fundar  sobre  nosotros, el nombre de una leyenda con la virtud suficiente para  ser  contada.

Después del  entierro, la leyenda del nombre del difunto en algunos casos deja de ser  una  fiesta,  para convertirse  en   un  bazar  donde  arden  disputas  familiares  sobre  cómo  hablar del  nombre del cadáver,  quien habla lícitamente de él y quien no,  y  quien  debe  llevar los objetos  del  difundo;  mencionar  a Diomedes Díaz,  al  esmeraldero  Carranza incluso  al Joe Arroyo  puede   dar  elementos  para  pensar en  los  significantes  que  los  vivos  le  achacamos  a los  muertos, como  excusa para hacernos causar por las que seguir deseando y con ello viviendo.. 

El  entierro   se presenta también como  la  oportunidad  para que  aquello reprimido en  las familias,  se  desate alrededor  del  féretro  que emerge  un  lugar  perfecto  para los murmullos y para  que se  desaten  los  secretos; me pregunto ¿por qué  en esa  circunstancia, el  silencio puede  tornarse  insoportable?  La  existencia   pareciera  hacerse  añicos y el cadáver no podrá  responder nada  sobre la  confusión que  deja  el sujeto tras su   fallecimiento; por eso quizás  encarnando al oráculo de Delfos algunos  hablan de la muerte  intentando buscar en  esto  una  sabiduría  esencial.

Ánimas benditas y espantos de la ciencia  

Freud en  lo Siniestro (1923)  señala  que  aquellos horrores  que se  creen  ajenos  y de una naturaleza desconocida para  nosotros,  resultan  ser viejos  compañeros de nuestro psiquismo, que han sido  fieles escribanos de experiencias  en  donde el sujeto ha  cortejado a la angustia,  y  los  nombres que le damos a  nuestros  miedos  sería una  manera  de  mitificar  lo real, pues  sería  aún peor no poder decir nada al respecto; los horrores nunca dejarán de esperar, y bien  se sabe que toda  cita con el  inconsciente es  algo  inevitable  pues al final es una cita  con  una  verdad.

Con  las  ánimas  benditas  se  pretende  hacer  un  trueque libidinal,  se  les  reza  para ayudarlas  a  encontrar  una  luz  que  de  final  a sus  padecimientos,  pero no tan desinteresadamente,  pues  se les pide  favores,  o  que  no  asusten  a los vivos;  esta ha  sido  una  práctica  interesante  en tanto  aquí  se  juega el  sujeto  los significantes  que se ubican en el lugar de aquel que está ausente;  presentando  con esto   una  pujante  pregunta  ¿hay vida  después de  la muerte? En el  psicoanálisis  se  sabe que  sí, mientras  haya  un  lenguaje  dispuesto  allí  para  vivificar  al cadáver y darle  espíritu, pues no hay nada que angustie más que el silencio de los muertos al ser  un atisbo de que la propia desaparición es un atentado al narcicismo.

La  búsqueda  de  películas,  programas de radio,  y documentales con contenido  paranormal,  no ha cambiado  mucho de los tiempos de Freud  hasta nuestros  días;  solo  en el  aspecto  tecnológico   y por  el  intento de  hacerlo  legítimo  dentro  del  discurso  científico;  por lo demás, aun se  le  teme a la muerte ajena, a la propia y a  los fantasmas  que con estas surgen como demanda  de que allí queda algo por decir;  dado que la ciencia sobre la  muerte  por  más  sofisticaciones que ofrezca no logra un explicación de esta.

La  ciencia   ficción,  ¿es  acaso  el  reverso  de le ciencia?  Es una  pregunta  que surge al ver su precisión,   y  las  espantosas  visiones que  llegan a dar  sobre el goce, estos  relatos,  los  androides,  la bomba,  los  virus,  entre  otras  cosas  que se presentan como   la manera en que el progreso o avance  científico  puede  terminar instalándose en la dimensión de lo siniestro, ¿a qué  temerá la ciencia de nuestros días?

Tratos entre la vida y la muerte

No  hemos   cesado en  nuestros   intentos por  poder decir  algo para respondernos por  la vida,  y  cuando las palabras no bastan es la vida quien  con sus  sorpresas  nos  responde, apabullando  al sujeto  con la  angustia  necesaria  para que pueda emprender el camino de  la  palabra,  y  con  esto  a  través de  actos  que  están  más  allá  del   bienestar,  poder   crear  algo  con lo que  astillarse el alma, y conseguir  darle  alguna  gracia a una vida en  donde   se  sufre  lo que se  goza. 

Si  se  accede  a  pensar  la   vida como una   cuestión  de oportunidades, comenzando  por la  oportunidad  de  decir  algo  significativo  y  luego  morir  memorablemente,  o  de  guardar   silencio  y   actuar  en  aquel  momento  que  para el  sujeto es preciso,  y otras  oportunidades en donde un significante  aparece y se hace existencia;  desde la  sabiduría  popular  se nos diría  “las  oportunidades las  pintan  calvas”, algo  que  deja claro que  el  significante  tiene  sus  tiempos   precisos  para  unirse con  los  acontecimientos de la  vida de  un sujeto.

Cuando las  oportunidades se  pintan  calvas y no  se agarran  de un pelo, al no hacer  lo que se desea frente a  determinadas  circunstancias,  queda un resto  que  podría  ser  llamado  el  insoportable destino de los arrepentidos, aquel en donde lo no realizado insiste afanosamente    sobre  el  sujeto,  con  la  pesada  carga de   lo que pudo haber sido,  ¿qué  hubiera pasado  si cuando  aquel otro  estaba  vivo  hubiera hecho  esto?  O una  pregunta  para el  final de los días   ¿qué hubiera  pasado  si  en mi propia  vida hubiera  hecho  otra cosa?,  esto es un duelo en donde la oportunidad no  atrapada  es eso que deviene  como síntoma.

La pulsión de muerte en el lugar de la invención

 Al  hablar  de  pulsión  de  muerte   no  se  puede   eludir  la pulsión  de  vida,  no  porque sean  algo  dividido,  sino  porque   es  una sola  que  actúa  dependiendo   de  lo que le sea útil  psíquicamente , con  su cara mortífera  o vital según sea  el  caso;  sobre  este  concepto  fundamental se ha podido saber que la pulsión  no  quiere   garantías, solo  quiere   obligar  al sujeto a  vivir, aun cuando  vivir  sea  consumirse;  la  naturaleza  de la  pulsiones   aspira a  mucho más de lo que en realidad  se puede abarcar, aun así  se pueden hacer  grandes proezas en una vida tan  corta.

Dentro de lo que  Lacan  habla sobre  la pulsión en  su cara mortífera  expresa,  “si  la  pulsión  de  muerte se  presenta en   efecto  en ese punto  del  pensamiento de  Freud  como  exigiendo  ser  articulada, es  a  saber,  como  pulsión  de  destrucción,  en  tanto  pone  en  cuestión lo que  existe  como  tal, que en  suma  es igualmente  voluntad  de creación”  (Seminario   7);  un cadáver  en  descomposición  da un  ejemplo  claro de cómo una  cosa que está  muriendo  al mismo  tiempo se puede  estar vivificando;  siendo  así, la pulsión  en su  cara mortífera, desanuda,  daña,   trae  lo que  llaman  crisis, cuestiona  ideales y  significantes   en  un  intento  por  crear,   y  a  veces camina hacia el  goce  que  repetirá y repetirá  hasta  que  se  tropiece  con algún  hallazgo  que le  permita  inventarse  históricamente; dejando en claro, que  todo acto creador lleva  a  cuestas  una   eliminación,  en  la que el  cadáver de lo real   ha de ser  eliminado  para  dar espacio  a lo que pueden  parir los significantes.  

Referencias.

Slavoj  Zizek. El  desierto de lo  Real. Madrid. Akal 
Sigmund Freud. Lo  siniestro  (1923). Buenos Aires. Amorrortu 
Jacques  Lacan. Seminario  7 La  Ética del  Psicoanálisis. Buenos Aires. Paidós